Era cholito: piel morena, ojos saltones, cabello rizado, labios prominentes.

A pesar de su juventud tenía músculos muy bien definidos por el trabajo del campo y por el trabajo de mantenimiento en las casas de los ricos de la ciudad de Alajuela.

Hábil con la madera, imaginativo, alegre, excesivamente confianzudo con las personas y muchas veces logró provocar el disgusto con sus compañeros de tropa a causa de sus bromas.

Un día se robó la comida de uno de sus compañeros y provocó un alboroto entre ellos por la pelea a causa de su broma; como nunca había usado zapatos una de sus bromas favoritas era atar los cordones de las botas de quienes las usaban.

Excelente contador de anécdotas, testarudo y glotón. Pues claro, con tanta energía que consumía en sus faenas de cirquero requería consumir bastante comida.

En el grupo nadie sabía de dónde venía su apodo de “Erizo”, pero como muchos apodos en Alajuela eran más heredados que merecidos.

Aquel 11 de Abril, había mirado con horror cómo sus compañeros caían tratando de recuperar el cañoncito del parque. Suponía un peligro para la misión que ese cañón lo usara el enemigo contra ellos y el ataque sorpresa de ese día los había obligado a replegarse en la parte trasera del mesón de los Guerra.

La propuesta del asesor del presidente, el General Barilier, era quemar el edificio, pero no se podía llegar hasta el parque porque desde el mesón el enemigo barría a balazos con todo intento de acercarse… Desde todas las rendijas de las paredes asomaban los cañones de los rifles filibusteros y abatían a los soldados que agonizaban bañados en la sangre de los hermanos que los precedían.

Los dinteles de las puertas eran muy pequeños para guarecerse y, heridos y desangrados caían como costales rendidos por el peso de las yagas y del cansancio… Un soldado desangrado en el piso al sentir tanta deshidratación producto de las hemorragias bebió su propia orina para luego morir como los demás…

Los cuerpos apilados era un espectáculo horrible, digno de las guerras, y ver entre los muertos a los vivos arrastrarse hasta morir era aún más impactante…

– “Hemos enviado dos soldados a quemar la parte baja del techo del mesón, pero los han alcanzado las balas” – dijo el general – “si de ustedes quiere salir un voluntario que quiera intentarlo la patria se lo agradecerá eternamente”

Y no fue por el honor, ni por la patria, ni por sumisión; fue una fuerza interna que le movió el pie izquierdo hacia adelante y la mano derecha empuñada en la parte de atrás de cuerpo…

– “Yo voy”

El silencio se hizo en el salón y las detonaciones seguían sonando desde la casa de los Cole y desde el mesón.

– “Solo les pido que si algo me pasa, me cuiden a mi madre que quedaría sola en esta vida sin mi”

No supo lo que le respondieron, solo sintió palmadas en la espalda y por su mente veloz pasaban ideas de cómo lograr su nuevo objetivo, se acordó del sobrante que queroseno que aún guardaba…

No oró, no había tiempo para eso en su cabeza, no pensó en la familia, solo buscó entre la basura un trozo largo y firme de madera y al leño en un extremo con retazos de tela amarró tres tusas de elote con toda la fuerza que pudo…

Humedeció la tela y las tusas con el poco de queroseno y acercando el madero hacia una pequeña fogata lo encendió… El fuego ardió ante sus grandes ojos redondos con velocidad y viveza y por un pequeño instante pensó en Dios.

Le indicaron la parte baja del techo del mesón y una vez más las palmadas llovieron sobre su espalda… Su cabeza estaba vacía, no le temblaban las piernas como cuando subía a los árboles, no había ruidos en sus oídos, su corazón encendido como el fuego de su antorcha improvisada…

Empezó caminando pegado a las paredes tratando de no ser un blanco evidente, pero luego fue divisado por los soldados quienes empezaron a gritar “Another greaser! Another greaser with fire!” y llovieron las balas a su alrededor. La esquina que formaban las paredes le servía de barrera pero aún lejos de su meta… Los soldados costarricenses defendieron a su “Erizo” majadero respondiendo el fuego lo que dio la pausa que necesitaba para salir a la carrera, y eso hizo.

Sus siete pasos largos se hicieron eternos hasta llegar al tejado bajo del mesón y acercó su cuerpo a las paredes y estiró el brazo hasta el techo… El bambú y la madera estaban ennegrecidos por los intentos anteriores y pronto empezó a humear….

De pronto, una convulsión horrible le retorció el tórax con un ardor que le nació desde la base de la espalda hasta el brazo estirado, soltó la antorcha y el calor de la sangre empezó a humedecerle la ropa; se agachó y el dolor de una bala metida en el abdomen le impidió hacerlo como quería, entonces dobló las rodillas y sus músculos se debilitaron y casi fue una caída… Ya de rodillas con las manos en el piso agarró la antorcha del piso, tomó aliento y se incorporó de nuevo….

Sus lágrimas empezaron a salir y no sabía por qué, no tenía miedo, ni estaba triste… Era más bien como una ira ante la impotencia que sentía en su cuerpo que ya no respondía como él quería.

Cambió de brazo y volvió a extender la antorcha hacia el tejado, el humo volvió a salir…

Una bala volvió a pegar muy cerca de su cara y trozos de madera y barro de la pared le brincaron en los ojos, pero ni siquiera los cerró, sólo podía ver con desesperación hacia el tejado esperando la hora en que encendiera el fuego.

La sangre caliente se tornaba fría conforme bajaba por su ingle hacia la pierna… Ya le temblaban las piernas y se volvió a acordar de los árboles. Recordó con nostalgia cuando iba con sus amigos de infancia a las pozas de las montañas alajuelenses y se lanzaban desde los árboles hasta las aguas frías de los ríos. Y el frío de las piernas le hizo recobrar la firmeza, no podía dejarse caer…

Ya lucían las primeras llamas sus brillos entre los maderos del tejado y sabía que era poco para que la llama cobrara fuerza, la misión estaba cumplida, pero no sabía si volver a su refugio entre las casillas o quedarse un rato más a fuerza de que se pudiera apagar el fuego… Se quedó, como se quedan los soldados, como se quedan paradas las estatuas en los parques inmortalizando a los mortales, se quedó con la mano levantada y con los ruedos de su pantalón goteando densas gotas de sangre, roja y viva….

Muchas balas silbaron cerca de él, pero sus amigos hacían pausas en las recargas de los rifles y eran aprovechadas por los norteamericanos para seguir detonándole proyectiles cerca de su cuerpo…

Su mirada se volvió quebradiza, ya no distinguía bien las formas y entonces entendió, que pronto iba a caer, entonces bajó el brazo, y con él, las fuerzas se vinieron abajo, se agarró de la pared para no volver a caer….

La estatua negra y roja se venía abajo en un mareo nauseabundo por el olor de su sangre revuelta con la de los cadáveres a sus pies. No había notado cuántos muertos había cerca de él hasta ese momento ni había notado lo lejos estaba su refugio… Los siete pasos que le habían llevado al tejado del mesón ya no podía darlos con la misma fuerza que al inicio, tardaría más, tardaría siglos…

Se armó de fuerza y de valor, dejó caer la antorcha entre las manchas que se le desdibujaban en el piso, planeó caminar lo más rápido posible y en caso de tropezar arrastrarse de ser necesario.

Dio el primer paso y su cuerpo quedó al descubierto para el enemigo, que no desaprovechó la oportunidad y una lluvia de balas danzaron cerca y dentro de su cuerpo. El soldado Juan cayó y no se pudo arrastrar…..

Su cuerpo no respondió, las fuerzas se confundieron con una intensa adrenalina al no poder moverse… No era dolor, era una histérica energía incontrolable en su cabeza, luego dejó de escuchar, luego perdió la vista, finalmente no sentía sus extremidades, ni su cuerpo, sólo en un último destello de lucidez en su cerebro sólo vio el rostro de su mamá, y una imagen lejana en el tiempo y en el espacio de ella acariciando su cabeza de niño, en una cama dura en un cuarto frío, de noche, en Alajuela.

En el piso quedó el soldado muerto y el crujir de la madera en las llamas empezó a sonar entre los gritos de soldados heridos y hermanos caídos…